¡Se eleva Dios entre aclamaciones, ¡Cantad a Dios, cantadle! (Sal 47). La Iglesia celebra hoy la Ascensión del Señor a los Cielos, tal como lo anunciaba él mismo el día de la Pascua. “Subo a mi Padre y a vuestro Padre, a mi Dios y a vuestro Dios” (Jn.30,17), le había dicho a María Magdalena y también a los discípulos de Emaús: ¿no era acaso preciso que el Mesías sufriera todo esto y entrase en su gloria? (Lc.24,26). ¿No había mostrado ante los discípulos Santiago, Pedro y Juan su Gloria en la Transfiguración? (Mt.17).  Jesús vuelve al Padre, de donde ha venido, y después de sufrir las humillaciones aquí en la tierra, vuelve a la Gloria que le corresponde, no a la gloria futura de todos los hombres, sino a una Gloria inmediata, la que le corresponde al Resucitado.

Los evangelistas fueron testigos visibles de la Ascensión. Los que lo habían visto morir en la Cruz, lo vieron subir a los Cielos. Así nos lo relata Marcos: “el Señor Jesús fue levantado a los cielos y está sentado a la derecha de Dios” (Mc.16,19), y Lucas nos cuenta cómo “ mientras bendecía a los Apóstoles, los bendecía y se alejaba de ellos y era llevado al Cielo” (Lc. 24,51). El libro de Los Hechos de los Apóstoles atestiguan lo que los mismos evangelistas, por esta experiencia relatan: “recibiréis el Espíritu Santo que vendrá sobre vosotros y seréis mis testigos hasta los extremos de la tierra y diciendo esto fue arrebatado a la vista de ellos y una nube lo ocultó de sus ojos” (Hc.1,8), espectáculo maravilloso para los apóstoles, que se quedaron atónitos, hasta que los ángeles los sacaron de su maravilloso asombro.

La majestad y poder, ya no son los discursos del Siervo Sufriente, sino los de alguien lleno de poder sobre el cielo y la tierra. Esto lo vemos cuando les dice a sus discípulos: “echarán los demonios, hablarán lenguas nuevas, tomarán en las manos las serpientes, y si bebieran ponzoña, no les hará daño; pondrán las manos sobre los enfermos y ellos recuperaran la salud” (Mc. 16, 17). Y les habla de la promesa del Espíritu Santo, como lo atestiguan los Hechos y todos los signos de la Iglesia Primitiva.

Si todo lo que pertenece a Jesús, le pertenecerá a los Apóstoles y los cristianos somos asemejados a Cristo por el bautismo y la fe profesada, también su Gloria será parte de nuestra vida al final de ella. “Voy a prepararos un lugar y cuando me haya ido, volveré  y os tomaré conmigo, para que donde estoy Yo,  estéis también vosotros” (Mt.14,3).

La Ascensión es la esperanza para la vida de fe del cristiano, que en su peregrinar por la tierra muchas veces se ve solitario en su fe, muchas veces sufriente y en la aridez de la fe misma. San Pablo nos dice en su carta a los Efesios, “El Dios de Nuestro Señor Jesucristo y Padre de la Gloria… ilumine los ojos de vuestros corazones, para que entendáis cuál es la esperanza a la que los ha llamado” (Ef.1,17). Y el fundaba esta esperanza, en lo que él mismo había sido testigo, la gloria de Cristo levantado por encima de toda criatura, y esta es la prueba de lo que Dios hará en favor de aquellos que unidos a Cristo en la fe, perteneciendo como miembros de su Cuerpo Místico del cual Él es la Cabeza, compartirán su suerte después de este caminar terreno. Esto nos dice a los creyentes: “hoy en el sufrimiento comparte la cruz de Cristo, pues ¡también un día tendrás parte en su Gloria eterna!”.

Tengamos presente que así como en la Ascensión termina la obra terrena de Cristo, así también con ella comienza la de los Apóstoles y la nuestra: “Id y enseñad a todas las gentes, bautizándolas en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo” (Mt. 28,19).

Será necesario enseñar a todas las gentes el Evangelio, administrar los sacramentos y vivir según la caridad. Sin embargo, todo esto no comenzará inmediatamente. Cristo quiere una espera, un tiempo de oración, después vendrá el Espíritu Santo y comenzará la misión. Primero es la oración y después comenzará la obra de la Iglesia que no tendrá fin sino en la Parusía, cuando termine nuestro caminar en esta tierra.

Que María, orante junto a los Discípulos en la espera del Espíritu Santo, nos anime tanto en la oración como en la acción evangélica.

Marcelo Raúl Martorell

Obispo de Puerto Iguazú

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