“Concédenos Señor participar con fe en el misterio de tu Cuerpo y de tu Sangre”. Este domingo la Iglesia celebra la festividad del Cuerpo y la Sangre del Señor; es la misma Eucaristía que celebra cada día del año: la ofrece en sacrificio de alabanza a Dios, la da en alimento a cada cristiano y la conserva como presencia real de Jesucristo en cada Sagrario para adoración de los fieles. Así ella se convierte y es el centro y el sostén de la vida humana.

Ella está íntimamente relacionada con el don y la institución del Sacerdocio, hoy y ayer y lo estará siempre hasta que el Señor vuelva definitivamente. Recordemos la antigua figura de Melquisedec, Rey de Salem y Sacerdote del Dios Altísimo, que en acción de gracias a Dios por la victoria de Abrahám, ofrece un sacrificio de “pan y vino”, símbolo de la Eucaristía. Melquisedec es llamado sacerdote para siempre, de él no se conoce ni principio ni el fin. Así pues este título es dado a Cristo más convenientemente porque su sacerdocio no tiene origen humano sino divino y por lo tanto es eterno. Acabado el sacerdocio levítico en el Nuevo Testamento, queda solamente el sacerdocio de Cristo que se prolonga en el  sacerdocio católico y a él le canta la Iglesia: “Tú eres sacerdote para siempre según el rito de Melquisedec”.

Bueno sería que podamos leer en la carta a los Hebreos 7, 3 y ss; y en la carta 1° a los Corintios 11, 23-26; cómo San Pablo presenta a Cristo Sacerdote en el acto de instituir la Eucaristía, según la tradición que  “procede del Señor”, así como el preludio de la misma, en la multiplicación de los panes (Lc. 9, 11-27) preludio evidente de la Cena Eucarística. Jesús toma los panes, eleva los ojos al cielo, los bendice y los reparte… en el Cenáculo, cuando ya el pan se convierta en su Cuerpo y el vino en su Sangre. Y llama la atención: ”Se los dio a sus discípulos para que distribuyeran el pan y quedaran todos saciados.

Moisés insistía constantemente para mantener viva la fe de Israel, en el Maná bajado del Cielo y el agua que manaba de la roca para saciar el hambre y la sed de Israel caminante por el desierto. Estos signos eran preludios de la Eucaristía y por eso es lógico que la Iglesia ponga su especial cuidado en que el Nuevo Pueblo de Israel y sus miembros no desdeñen el don infinitamente más grande, la Eucaristía, de los cuales los otros no son sino una pálida imagen.

La Eucaristía, alimento espiritual, es el sostén de la Iglesia y de la vida del hombre, el cual la debe desear más que al pan que nos alimenta el cuerpo. Ella es alimento y luz para la vida del mundo. En el Evangelio de hoy (Jn. 6, 51-59) nos dice Jesús: “Yo soy el Pan vivo bajado del Cielo, el que come de este pan vivirá para siempre y el pan que yo daré es mi carne para la vida del mundo”. Es que ella es verdaderamente alimento para la vida presente y preludio de la vida eterna. El Evangelista nos decía que los hebreos después de comer el maná murieron, en cambio “el que come este pan vivirá para siempre”. Es la Eucaristía vida y vida eterna, misterio infinito de fe y de amor que se prolonga en el tiempo y en la historia, hasta que el Señor vuelva glorioso al final de los tiempos.

La Eucaristía es memorial de la muerte del Señor y ofrece a los fieles el mismo Cuerpo de Jesús que se inmoló en la cruz por los hombres y es también memorial de su resurrección porque es el “pan vivo”, en el que Cristo está presente y viviente como lo está en la Gloria del Padre, y por eso lo adoramos y glorificamos, sacramento de fe y de amor, de amor porque es quien “amó y amó hasta el fin”.

Ella realiza la unidad de la Iglesia y le da vida en el Espíritu que vive para siempre en la Iglesia. Por eso tenemos que creer que la Eucaristía es necesaria para la vida del hombre y de la Iglesia, que es el Cristo vivo, Señor de la vida y de la historia, que sin él nada podemos y por eso es que hay que acercarse, comerlo, adorarlo, darle gracias y amarlo. Hay que acercarse y comerlo pues “sin mí nada podéis”.

Que María, adoradora de la Eucaristía, nos lleve a amar la Eucaristía y a confiar en ella.

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