Una Iglesia en salida. En este domingo celebramos la solemnidad de los Santos Apóstoles San Pedro y San Pablo. El texto del Evangelio (Mt. 16,13-19) nos presenta la profesión de fe y el primado de Pedro: “¿Quién dicen los hombres que es el hijo del hombre?... Simón Pedro contestó: “Tu eres el Cristo, el Hijo de Dios vivo”. Replicando Jesús le dijo: “Bienaventurado eres Simón, hijo de Jonás, porque no te ha revelado esto la carne ni la sangre, sino mi Padre que está en los cielos: Y yo a mi vez te digo que tu eres Pedro, y sobre esta piedra edificaré mi Iglesia, y las puertas del Hades no prevalecerán contra ella. A ti te daré las llaves del Reino de los cielos; y lo que ates en la tierra quedará atado en los cielos, y lo que desates en la tierra quedará desatado en los cielos. (Mt. 16,17-19).

Al celebrar a los Apóstoles San Pedro y San Pablo, la Iglesia también reza especialmente en este domingo por el Papa Francisco, actual sucesor del Apóstol San Pedro. Durante estos 2000 años desde los Apóstoles se ha dado la sucesión apostólica en los Obispos de la Iglesia y sus colaboradores, los sacerdotes. Es gozoso y esperanzador tener la certeza que el Espíritu Santo, el otro Paráclito seguirá acompañando a su Iglesia hasta el final de los tiempos y que a pesar muchas veces de los hombres, sus instrumentos, la Iglesia por la fuerza del Espíritu Santo, seguirá cumpliendo su misión de Evangelizar. Hoy queremos tener especialmente presente la tarea y misión de nuestro Papa Francisco.

En este domingo creo conveniente tomar un texto de la exhortación Apostólica “Evangelii Gaudium”, en donde el Papa Francisco nos habla sobre una iglesia en salida: “La Iglesia en salida es la comunidad de discípulos misioneros que primerean, que se involucran, que acompañan, que fructifican y festejan. «Primerear»: sepan disculpar este neologismo. La comunidad evangelizadora experimenta que el Señor tomó la iniciativa, la ha primeriado en el amor (cf. 1 Jn 4,10); y, por eso, ella sabe adelantarse, tomar la iniciativa sin miedo, salir al encuentro, buscar a los lejanos y llegar a los cruces de los caminos para invitar a los excluidos. Vive un deseo inagotable de brindar misericordia, fruto de haber experimentado la infinita misericordia del Padre y su fuerza difusiva. ¡Atrevámonos un poco más a primerear! Como consecuencia, la Iglesia sabe «involucrarse». Jesús lavó los pies a sus discípulos. El Señor se involucra e involucra a los suyos, poniéndose de rodillas ante los demás para lavarlos. Pero luego dice a los discípulos: «Seréis felices si hacéis esto» (Jn 13,17). La comunidad evangelizadora se mete con obras y gestos en la vida cotidiana de los demás, achica distancias, se abaja hasta la humillación si es necesario, y asume la vida humana, tocando la carne sufriente de Cristo en el pueblo. Los evangelizadores tienen así «olor a oveja» y éstas escuchan su voz. Luego, la comunidad evangelizadora se dispone a «acompañar». Acompaña a la humanidad en todos sus procesos, por más duros y prolongados que sean. Sabe de esperas largas y de aguante apostólico. La evangelización tiene mucho de paciencia, y evita maltratar límites. Fiel al don del Señor, también sabe «fructificar». La comunidad evangelizadora siempre está atenta a los frutos, porque el Señor la quiere fecunda. Cuida el trigo y no pierde la paz por la cizaña. El sembrador, cuando ve despuntar la cizaña en medio del trigo, no tiene reacciones quejosas ni alarmistas. Encuentra la manera de que la Palabra se encarne en una situación concreta y dé frutos de vida nueva, aunque en apariencia sean imperfectos o inacabados. El discípulo sabe dar la vida entera y jugarla hasta el martirio como testimonio de Jesucristo, pero su sueño no es llenarse de enemigos, sino que la Palabra sea acogida y manifieste su potencia liberadora y renovadora. Por último, la comunidad evangelizadora gozosa siempre sabe «festejar». Celebra y festeja cada pequeña victoria, cada paso adelante en la evangelización. La evangelización gozosa se vuelve belleza en la liturgia en medio de la exigencia diaria de extender el bien. La Iglesia evangeliza y se evangeliza a sí misma con la belleza de la liturgia, la cual también es celebración de la actividad evangelizadora y fuente de un renovado impulso donativo.”

Integrar esta dimensión comunitaria y misionera de la fe, o bien eclesial, es clave en el contexto de un tiempo que se caracteriza por ser excesivamente individualista y fragmentado. Esta dimensión comunitaria de la fe nos permite señalar que si en el seguimiento o discipulado de Jesucristo, el Señor, no están los otros, evidentemente estamos caminando mal.

Al celebrar la profesión de fe y el primado de Pedro, así como al Apóstol Pablo, sentimos la necesidad de profundizar en el don de la comunión eclesial como indispensable para asumir el desafío de la evangelización y ser una Iglesia en salida.

¡Un saludo cercano y hasta el próximo domingo!

Mons. Juan Rubén Martínez

Obispo de Posadas

Más Interés General