“Te doy gracias, Padre, porque has ocultado estas cosas a los grandes y sabios y se las has revelado a los sencillos” (Mt.13,25). En el centro de la liturgia de hoy nos encontramos con este trozo del Evangelio de San Mateo (11, 25-30) que nos hace descubrir a Jesús y su Misterio, a sus relaciones con el Padre de los cielos.

Y todo esto se lo revela a la gente “sencilla”, es decir a los más pequeños y humildes, despreciados por los más grandes y los más sabios de esta tierra: “Te doy gracias Señor y Padre del Cielo y de la Tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a la gente sencilla” (Ib.25).

Dios se revela a los sencillos, que como niños, se abren a Él con frescura de corazón y se niega a los soberbios, que satisfechos de su sabiduría humana se niegan a recurrir a Él. Los pequeños son los que sienten necesidad de Dios, porque saben que solos no pueden nada y que lo necesitan como un hijo niño necesita de su padre. Estos son los pequeños del Evangelio que abren su corazón a Dios conscientes de su ignorancia. Son los que no ponen su corazón en la sabiduría del mundo ni encuentran en las cosas de la tierra la respuesta a todas las necesidades de su vida.

A éstos, Jesús les da parte en el conocimiento del misterio de la relación inigualable que Él mantiene con Dios Padre y que el hombre no puede conocer, si Dios no se lo hace saber a través del Hijo y a quien el Hijo se lo quiera revelar: “nadie conoce al Hijo sino el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar” (Ib 27). Este conocimiento revela que Jesús el Hijo hecho carne, es igual al Padre, y aquí nos está revelando su naturaleza divina, afirmada con toda claridad. Es la revelación del conocimiento-amor, de lo que nos está hablando Jesucristo. Es esa intimidad de amor entre el Padre y el Hijo.

Así como los sabios de este mundo no conocen a Dios ni quieren conocerlo, los sencillos de corazón reciben de parte de Jesucristo esta revelación y manifestación de amor y conocimiento mutuo en la naturaleza divina.

Debemos considerar la respuesta y afirmación de Pedro: “Tú eres el Cristo, el Hijo del Dios vivo” (Mt.16,16). Es a Pedro, también sencillo de corazón, a quien se manifiesta el Señor y no sólo por sus palabras sino también por la luz de su Espíritu. Jesús no solamente les revela este misterio íntimo a los pobres y sencillos sino que -conocedor de todo el sufrimiento de éstos en la tierra- los invita a ir hacia Él: “venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados porque yo los aliviaré” (Mt.11,28). El les da su corazón para que descansen y les regala el corazón del Padre y toda la inmensidad de su amor de Dios. Y este y sólo éste será su mandato: “amaos los unos a los otros” con la medida de Cristo en la cruz. Al final de sus vidas no les preguntará sino por el “amor”. La inmensidad del amor del Padre y todo su cuidado por los más débiles y sufrientes se hacen presente una y otra vez en este pasaje del evangelio: ”Yo soy manso y humilde de corazón (venid a mí ) y hallaréis descanso para vuestras almas”. Jesús quiere llevar a todos a conocer el amor del Padre, su misericordia, y la paz que irradia el corazón de quien está unido a Él y en Él al Padre de los cielos.

Zacarías en la primera lectura (9, 9-10) nos presenta la figura del Mesías, rey manso y humilde que no se impone con el poderío de los grandes de la tierra, que no hace justicia con la espada, sino que llevará a todas partes la paz. Enseñando a los hombres a comportarse con dulzura y humildad y según el Apóstol viviendo según el Espíritu y no la carne que nos revela todo lo contrario (Rom.8.9. 11-13). Este es el espíritu de Cristo, que invocándolo nos ayuda a superar los impulsos naturales que nos que alejan de esa realidad de la dulzura y el amor de Dios.

No hemos de construir la paz y el amor en este mundo con el corazón alejado de Dios, pues ese corazón está impulsado por la “soberbia” que nos conduce al sufrimiento del corazón, a la separación entre hermanos, a la discordia, y a la incapacidad de superar los verdaderos dolores del mundo, siendo incapaces de perdonar.

Pidamos a María, Madre dolorosa que descansó en Jesús, que nos ayude a llegar hasta Él con nuestro corazón de hombre de fe.

Marcelo Raúl Martorell

Obispo Puerto Iguazú

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