“Inmadurez y Poder”. En el centro del texto del Evangelio de este domingo (Mt. 11,25-30), se nos presenta una virtud que lamentablemente ha quedado en el olvido que es la “humildad” y sin la cual el hombre está impedido a acceder a otras virtudes claves para crecer como persona y sociedad.

Es importante aclarar la hondura del texto bíblico donde Cristo, el Señor, realiza una plegaria de acción de gracias por la misión de los setenta y dos discípulos y por la inteligencia concedida a los pequeños. En realidad la situación de las palabras en Mateo, ponen en contraste a los pequeños, los discípulos, con los sabios y prudentes, que eran sobre todo los conocedores de la ley, los fariseos y los escribas. Su mensaje ha sido captado por unos cuantos discípulos procedentes de ambientes como los pescadores o bien los publicanos rechazados por los israelitas. Pero ello ha sido obra del Padre. El mensaje de Jesús no puede captarse tanto por vía del entendimiento y sabiduría, sino que se da a conocer por una “Revelación”.

En realidad la humildad nos permite acceder a la sabiduría de Dios, que se distancia de la sabiduría humana cuando ésta se fundamenta en la soberbia. San Pablo nos dice: “Es verdad que anunciamos una sabiduría entre aquellos que son personas espiritualmente maduras, pero no la sabiduría de este mundo, condenados a la destrucción. Lo que anunciamos es una sabiduría de Dios, misteriosa y secreta, que él preparó para nuestra gloria...” (1 Cor. 2,6-7).

Lamentablemente este tema del ser pequeños y el valor de “la humildad”, está casi en el olvido y difícilmente se encuentra algo de esto en los contenidos educativos, es casi inexistente en los mensajes comunicacionales, y en general es poco practicada por aquellos que tienen distintas formas de poder. Por la ausencia de la virtud de la humildad muchas responsabilidades y roles no llegan a ser un verdadero servicio.

En este tiempo me he cuestionado algunos temas especialmente al pensar la formación de los futuros sacerdotes, tema en el que siempre he estado involucrado, sobre todo en la necesidad de acentuar más la maduración humana y afectiva, como también la virtud de la humildad, en relación a la conducción. Los sacerdotes por su rol de pastores de comunidades necesariamente deben ejercer la tarea de conducir. Es cierto que inmediatamente este tema formativo me lleva a pensar y a preguntar por nuestra dirigencia social: ¿cuál es la madurez humana, afectiva, y el ejercicio de la virtud de la humildad de aquellos que tienen diferentes tipos de conducción?

Lamentablemente debemos señalar, con dolor, que nuestros ambientes están cargados de inmadurez humana y de desequilibrios afectivos. Cuando dichos desequilibrios invaden nuestros juicios y decisiones, debemos tener en claro que la gente se transforma en nuestras víctimas. El hombre o la mujer con estos rasgos de inmadurez y con poder, siempre terminan en actitudes autoritarias. Es el caso de aquellos que rápidamente eliminan a quienes no son afines, o que no piensan como ellos, más allá de las capacidades y dones que tengan. Por estos desórdenes afectivos en general la práctica habitual es la del “ojo por ojo” y “diente por diente”. Si uno pregunta cuál es su religión, responderán rápidamente que son cristianos, pero el perdonar “setenta veces siete” y la reconciliación, brillan por su ausencia. Desde ya que estos desequilibrios serán ámbitos propicios para que anide el peor de los pecados que es la soberbia, exactamente opuesta a “la humildad”, que nos propone el Señor en sus enseñanzas. La humildad es una virtud que todos los cristianos, sobre todo los obispos, sacerdotes, políticos, empresarios, sindicalistas, comunicadores sociales… deberemos tener en cuenta para ser verdaderamente servidores.

Finalmente quiero invitarlos a que el próximo 9 de julio recemos por nuestra Patria. En la Catedral de Posadas celebraremos la Misa por nuestra Patrona de la Diócesis, nuestra Madre de Itatí y el solemne Te Deum.

¡Un saludo cercano y hasta el próximo domingo!                                                                    

Mons. Juan Rubén Martínez

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