“Que tu Palabra, Señor, sea semilla fecunda en nuestras vidas”. La palabra de Dios es fecunda y eficaz. Leemos en el Libro de Isaías: “como bajan la lluvia y la nieve desde el cielo y no vuelven allá, sino después de empapar la tierra, fecundarla y hacerla germinar -dice el Señor- así será la palabra que sale de mi boca, no volverá a mí vacía, sino que hará mi voluntad y cumplirá mi encargo” (Is. 55, 10-11). La palabra de Dios, ha sido y es reveladora a través de los siglos. Desde la creación hasta la Palabra hecha Carne, La Palabra salvadora y definitiva, su Verbo Eterno.

El Verbo eterno se ha hecho carne, ha asumido la naturaleza del hombre confundiéndola con la naturaleza divina, para sacar definitivamente al hombre del pecado y de la muerte, dándole vida y sembrando definitivamente la Palabra de Dios en el corazón de los hombres. Comprendamos que ha llegado la plenitud de los tiempos, y que Dios no ha enviado a los hombres simples palabras de promesa; sino que su Palabra Eterna, su Verbo que se ha hecho carne.

Su Palabra es presencia viva en el mundo, es Jesucristo, y la esparce por doquier. Su Palabra, la semilla esparcida, debería producir frutos en de todo terreno, pero no siempre cae en tierra fértil, y por eso en algunos lugares no produce cosa alguna. Es que el corazón del hombre no siempre está dispuesto y abierto a recibir la palabra. El hombre es libre y Dios ha de respetar siempre esa libertad.

Jesús esparce por doquier la “palabra”, no la niega a nadie. La da a sanos, santos, pecadores, a hombres inmersos en los placeres o en los negocios, en el poder o en la política, a todos los cuales se los compara en la parábola con distintos tipos de terrenos: pisoteado, pedregoso o cubierto de espinas. Este terreno puede convertirse en terreno fértil, porque el Señor es misericordioso. Y si esto no sucediera no es por culpa del sembrador que esparce las semillas, sino de aquellos que han cerrado el corazón y no quieren ser transformados. Es por culpa del hombre cerrado a la Palabra de Dios, que la rechaza y en consecuencia la hace ineficaz. Entonces la Palabra se sembrará en otra tierra “buena y preparada”, donde será fecunda y rendirá abundantes frutos. Es el corazón del que escucha la palabra de Dios, la recibe y recibiéndola la entiende, la medita y la hace suya (Mt.23). Es el hombre que gustando de la Palabra se apresurará a ponerla en práctica. Ahora bien, sin embargo el corazón de estos que reciben la palabra puede estar embotado y por eso no rinde el ciento por ciento, sino que rinden ”unos ciento, otros setenta, otros treinta”.

Jesús recuerda a sus discípulos las palabras de Isaías a los hombres de su tiempo: “está embotado el corazón de este Pueblo, son duros de oído, han cerrado los ojos para no entender con el corazón, ni convertirse para que yo los cure”. Es necesario tener despierto el corazón para que el mundo no embote el entendimiento del hombre. Hay que reflexionar y orar para que el Espíritu Santo actúe y obre en el corazón de los hombres y así el Señor pueda decir de ellos: “dichosos vuestros ojos porque ven y vuestros oídos porque oyen” (Ib. 16).

Es necesario estar atentos a la voz del Espíritu Santo que constantemente está hablando al corazón del hombre, para que éste reciba el mensaje y encuentre el buen camino ahora en esta vida y en la Vida eterna después.

Pidamos a la virgen Madre que escuchó la palabra y la aceptó, que nos ayude a escuchar y poner en práctica la Palabra de Dios.

Marcelo Raúl Martorell

Obispo de Puerto Iguazú

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