“Sin humildad nos embrutecemos”.En este cuarto domingo de cuaresma leemos el Evangelio  (Jn. 9,1-41) el milagro que el Señor realiza con el ciego de nacimiento a quien le puso barro en  los ojos:

“El ciego fue, se lavó, y  al regresar ya veía”. Este milagro el Señor lo realiza un día sábado provocando la ira y la incredulidad de los fariseos que opinaban que era contrario a Dios aquello que Jesús realizaba: “algunos fariseos decían: ese hombre no viene de Dios porque no observa el sábado”. En el texto se contraponen la actitud de los fariseos que aunque cumplían la ley estaban seguros de sí mismos encuadrados en la soberbia de sentirse cumplidores de la ley, y la del ciego de nacimiento que aunque estaba lleno de pecados se acercó al Señor, con humildad como un necesitado. Es significativo el texto final en donde el Señor explica su misión: “Después Jesús agregó. He venido a este mundo para un juicio: Para que vean los que no ven y queden ciegos los que ven”. Los fariseos que estaban con Él oyeron  y le dijeron: “¿Acaso también nosotros somos ciegos?”. Jesús le respondió: “si ustedes fueran ciegos, no tendrían pecado, pero como dicen: “vemos,” sus pecados permanecen.”

En el tiempo de cuaresma es necesario que revisemos nuestra condición de cristianos desde la humildad. Es cierto que reflexionar sobre la humildad va a contrapelo de una cultura que es exitista, y en donde hay demasiada vanidad y soberbia. En la Biblia “humildad”, tiene que ver con modestia y se opone a “vanidad”, o bien a “soberbia”. El Apóstol San Pablo nos dice: “no se estimen más de lo que conviene; pero tengan por ustedes una estima razonable, según la medida de la fe que Dios repartió a cada uno” (Rom.12,3). En definitiva la humildad está ligada a la verdad. Estamos llamados a tener una valoración real de nosotros mismos. Si nos engañamos, difícilmente podremos realizar una profunda revisión de vida. Cada uno sabe “por donde nos aprieta el zapato”, dice el refrán. El conocer nuestros límites, pecados, virtudes y dones nos permitirá corregir lo que está mal y potenciar lo bueno que hay en nosotros. En la filosofía decimos que “la plenitud de la existencia se da en los límites de la propia esencia.”

No es fácil hablar sobre la humildad en nuestra época. Es una virtud  necesaria para todos, sobre todo para los que tienen más poder. Cundo los dirigentes sociales, llámense políticos, empresarios, sindicalistas, también religiosos, se olvidan de la humildad se “embrutecen”, se olvidan de servir y se creen lo que no son. Digo intencionalmente que “se hacen brutos”  porque la humildad, es la única puerta para comprender la sabiduría de Dios. En este sentido el Apóstol San Pablo nos dice: “vivan en armonía unos con otros, no quieran sobresalir, pónganse a la altura de los más humildes. No presuman de sabios” (Rom.12, 16).

El texto de este cuarto domingo de cuaresma nos presenta la ceguera de los fariseos que aunque ven están ciegos para entender las cosas de Dios por su soberbia. Se sienten mejores que los demás y aún teniendo más poder y seguridades eran mediocres y pobres humanamente. En estos días que nos preparamos para celebrar la Pascua necesitamos “volver a Dios”, y la humildad nos permitirá regresar junto a Él, para recibir su abrazo de Padre, y poder tener verdadera paz y alegría en nuestro corazón.

 

Les envió un saludo cercano y hasta el próximo domingo.

Juan Rubén Martínez

Obispo de Posadas

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