“Jesús, tú eres la Resurrección y la Vida” (Jn. 11, 25). El domingo pasado decíamos Jesús es la “luz del mundo” y hoy la liturgia nos presenta a Jesús como la “Fuente de Vida”, capaz de devolverla incluso a los muertos.

El evangelio de San Juan está impregnado de los conceptos de “luz, verdad y vida”. Juan está prendado de estos conceptos porque ha quedado marcado fuertemente por el testimonio de la Resurrección del Señor. Ya en el Antiguo Testamento el Señor nos inculca este concepto de que “Dios es Vida”. Así dice el profeta Ezequiel: “Os infundiré mi espíritu y os daré vida” (Ez. 37,14). Si bien  la palabra “vida” en Ezequiel se refiere a la recuperación de Israel, que se había envilecido por la esclavitud y la decadencia moral. El Señor le da vida a Israel al liberarlo y repatriarlo de Babilonia. Pero también la profecía de Ezequiel preanuncia la era mesiánica e introduce el sentido y el concepto de la resurrección.

El Mesías anticipa su propia resurrección resucitando a Lázaro, que está hace cuatro días en el sepulcro. La resurrección de Lázaro, no solamente es signo de su poder mesiánico, sino que también es la respuesta contundente de Jesús a quienes le dicen que está muerto y despide olor: “Señor, huele mal; ya hace cuatro días que está muerto” (Ib. 39). Hoy también la enfermedad y la muerte, frutos del pecado del hombre, están presentes en la realidad del mundo. Un mundo enfermo por el pecado de la indiferencia de Dios, relativismo, consumismo, frivolidad, egoísmo, injusticias, guerras y hambre. Un mundo no tan distinto al de ayer, un mundo enfermo del cual dice Jesús: “no acabará en la muerte, sino que servirá para gloria de Dios” (Jn. 11,4). “Lázaro ha muerto y me alegro por ustedes de no haber estado allí para que vean y crean” (Jn. 14,15), estas palabras son el preludio del milagro que está por realizar y con el cual se glorificará Jesús, Resurrección y Vida, y fortalecerá la fe de los que ya creían en Él y de los que más tarde irían a creer Él.

Aparecen relaciones directas entre fe-vida y entre fe-resurrección. Así también lo señala San Pablo cuando dice: “Si Cristo no ha resucitado vana es nuestra fe” (1 Cor. 15, 14). En el diálogo de Jesús con Marta, Jesús le dice: “Yo soy la resurrección y la vida, el que crea en mí, aunque haya muerto vivirá; y el que está vivo y cree en mí, aunque haya muerto, no morirá para siempre. ¿Crees esto? (Ib. 25-26). Esta es nuestra fe: creer en Aquel que ha dado vida a Lázaro y que puede hacer de la muerte “vida” y que por su propia muerte y resurrección, saca al hombre y al mundo de la muerte y le da la Vida Eterna.

Sin embargo, Cristo no ha venido a abolir la muerte física que es fruto del pecado. Él nos ha librado del pecado original que lleva indefectiblemente a la muerte y nos ha dado la vida del espíritu, es decir nos hace partícipes de su propia vida, que es la vida eterna. Por eso la muerte física no tiene ningún poder sobre el espíritu del que vive por la “justicia”, es decir la “muerte y resurrección del Señor”. Este es el sentido de las palabras de Pablo: “El cuerpo está muerto por el pecado, pero el espíritu vive por la “justicia” (Rom. 8,10).

Este domingo nos va preparando para vivir el misterio de la Pasión, Muerte y Resurrección del Señor. Es el “Misterio Pascual de Cristo” por el cual son cambiadas todas las cosas, especialmente la vida del hombre que se abre al misterio de la fe en la resurrección. Este tiempo de cuaresma, que ahora finaliza, nos ha llevado a meditar y hacer penitencia por nuestros pecados. Hemos rezado, ayunado y hecho limosna, para que el Señor perdone nuestras faltas y transforme el mundo, para que el Señor perdone nuestros pecados personales que son también causa de los males que sufre el mundo al convertirse en estructuras de pecado y en pecado social. Que el misterio de la liturgia del Sábado Santo, que nos sumergirá en el misterio de la “Pasión, Muerte y Resurrección de Cristo”, nos libere y libere al mundo de las ataduras del mal y nos haga vivir libres, en la Vida de Dios. Pidamos al Señor la gracia de ser transformados en nuestras propias vidas, para así poder ser transformadores del mundo.

Que la Virgen Madre del Amor Eterno, nos acerque en la fe a vivir la Resurrección del Señor.

Marcelo Raúl Martorell

Obispo de Puerto Iguazú

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