“Quédate con nosotros pues el día ya declina (Lc. 24,29)”. El primer día de la semana, Jesús bajo las apariencias de un caminante, se junta con dos discípulos que se dirigen hacia Emaús.

Estos caminantes iban hablando entre sí de los hechos que habían sucedido en Jerusalén el viernes anterior, de cómo habían crucificado a Jesús y le habían dado muerte. Ellos no reconocen a Jesús, lo ven como un simple caminante que ni siquiera sabía lo que había pasado y se ponen a conversar con él. Recordemos que María Magdalena tampoco lo había reconocido. Ellos no lo reconocen porque creían que todo había terminado para siempre. Habían creído en Jesús, varón y profeta, grande en obras y palabras ante Dios y ante todo el pueblo. Pero su condena a muerte y su crucifixión los había desilusionado: “nosotros esperábamos que él sería quien rescataría a Israel; pero ya van tres días desde que esto ha sucedido”.

Estos discípulos saben lo que han visto las mujeres, se enteraron de que el sepulcro estaba vacío…pero están tristes porque ellos no lo han visto. ¡No se daban cuenta que Jesús estaba a su lado caminando con ellos hacia Emaús! La idea de un Jesús político que habría asegurado la prosperidad a Israel les ha impedido reconocer a Cristo, el Salvador prometido. ¿Cómo esperar salvación de quien ha muerto colgado de un madero? Jesús habla y les explica las Escrituras y todo lo que los Profetas habían dicho del Mesías, pero ellos -prendados de sus sentidos que nada extraordinario percibieron ni vieron- siguen sin reconocerlo.

Quién no cree en la resurrección del Señor no puede aceptar el misterio de su muerte redentora. Los Profetas lo habían anunciado y Jesús lo había predicho. Los dos discípulos lo saben y más aún, el Señor está con ellos explicándole las Escrituras y todo lo que dicen sobre El; pero incluso así, “ellos no creen”. A María Magdalena le había bastado escuchar su nombre para reconocer al Maestro. A estos discípulos no les basta ni la voz, ni el largo conversar con Él, ni siquiera oírle predicar las Escrituras.

De hecho muchos de nosotros podemos caminar con Jesús a nuestro lado y no reconocerle. Podemos entender las Escrituras y tener un gran conocimiento de ellas, pero no escuchar ni reconocer la voz del Señor. Muchos pueden tener un conocimiento erudito de la Biblia y dominar aspectos profundos de la teología, pero no reconocer al Señor. No haber dado el “salto” entre “el conocer y el creer”. No hace falta saber tanta teología cuando sólo una cosa es necesaria: creer que Jesús ha resucitado de entre los muertos y que nos ha dado vida y vida en abundancia. Ni siquiera alcanza ver al Señor para creer, si la fe no nos ilumina interiormente. Sin fe, nada podemos hacer. Por eso clamamos con los Apóstoles: ¡”Señor acrecienta nuestra fe”!

Los discípulos de Emaús, no obstante, “sienten arder sus corazones frente a sus palabras. Por eso lo invitan a comer y estando con ellos en la mesa Jesús “tomó el pan, lo bendijo, lo partió y se los dio, se les abrieron los ojos y le reconocieron”. ¿Sería que los discípulos estuvieron presentes en la última cena? Nada sabemos, lo que sí sabemos que en este clima de oración y silencio Jesús se manifiesta ¡al partir el pan! Gesto eucarístico y trascendente por los siglos en la Iglesia. La “eucaristía es el gran signo de su presencia y compañía verdaderas”.

Hoy la fe de muchos creyentes -aun sacerdotes y religiosas- está fría, casi dormida, muchas veces llena de erudición, pero incapaz de transformar la vida y de llenar de gozo el corazón. Esto se debe a la falta de intimidad y oración con el Señor, esa relación íntima profunda y personal alimentada por la fe, que es la que nos hace vivir la certeza de que Dios basta… ¡que Cristo vive!

Pocos son los que niegan que Jesús haya existido y hasta admiten la historicidad de los Evangelios, pero no creen en Él como una persona viva y presente en sus vidas, que desea ser el compañero de camino y el huésped de sus corazones. ¿Es para nosotros la Eucaristía el banquete que nos alimenta en la vida del misterio de Cristo muerto y resucitado? Que el “¡quédate con nosotros Señor!” brote de nuestros corazones pues tenemos la certeza de que Él es la única Verdad en el tiempo y la historia.

Que la Virgen María nos lleve al conocimiento íntimo de Jesús y nos haga gozar de su presencia. 

Marcelo Raúl Martorell

Obispo de Puerto Iguazú

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